jueves, noviembre 02, 2006

Cuaderno de Bitácora


Hoy es mi noveno día de singladura, la mar parece calma y el cielo se funde en el horizonte con la invisible línea de agua celeste. Anoche tuve compañía, ya que durmieron al raso de las estrellas junto a mí, una pareja de gaviotas, a mi parecer un poco desorientadas. Del cubo de los despojos, les acerque unas colas de pescado que agradecieron con un sutil gemido cariñoso. El crujido del agua contra el casco de la proa me recuerda tiempos en los que me gustaba ir a pescar en las rocas que forman la orilla del mar y el agua salada se precipitaba por los recovecos de las piedras, formando pequeñas nubes de espuma. He de reconocer que me siento igual de solo aquí que en tierra, pero por lo menos, sobre las caricias del mar tengo más tiempo de encontrarte en forma de ola. Incluso a veces tu faz se dibuja caprichosamente en cúmulos de nubes de algodón. Viajo sin rumbo fijo, lo sé, pero también se que la aguja del norte tarde o temprano cambiara para acercarme al lugar donde paseas tranquilamente, descalza, sobre la arena de la playa, con la mirada perdida y con un vestido blanco de caída suave y desordenada. Ese día tocaré tierra e iré a buscarte para que me acompañes a ciudades olvidadas y puertos de mar ocultos, donde veremos desfiles de lava intensa y formas de roca aun por inventar… A veces me duermo juntando con trazos invisibles las estrellas y formando bocetos de lugares y formas, que acompañados de tu voz recitando versos escogidos, tantas veces me regalaste.

Mientras tanto sigo aquí, echándote de menos y hablando con la mar cómplice de los náufragos
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1 comentario:

Anónimo dijo...

Si yo me convirtiese en crítica literaria diría: Texto ambiguo, metafórico y dotado de una riqueza creativa sorprendente. La palabra cobra dos o más sentidos de los habituales y las imágenes que evocan nos hace componer en nuestra mente una escena pictórica digna de la mejor galería del país, con la revolución de que el cuadro que hemos creado no se expone en ninguna pinacoteca pues con los datos cada uno compone el suyo propio y lo cuelga en la sala más íntima de su cerebro. En síntesis el autor compara su propia soledad con la del mar, tan parte de todo, y en esa soledad -tal vez buscada o encontrada, quizá- desea una compañía que no le retire del todo de su particular singladura.

Peeeero, no soy crítica literaria... Así que te diré... ¡Me sorprendes, Zyan! ¿Sabes qué es lo que más me gusta de admirar a alguien? Que ese alguien seas tú. Y te reinvento. Y me reenamoro.